Síguenos en InstagramSíguenos en FacebookSíguenos en TwitterSíguenos en Youtube

Aquel bribón

20 Sep 2015 22:09

¿Qué pasa por la cabeza de un atleta, uno grande, cuando ve que su sueño se escapa? ¿Abatimiento? ¿Amargura? Mal asunto, entonces. Si los pensamientos tóxicos nublan el horizonte, superar el reto es imposible.

En su quinto salto, Jai Taurima alcanzó los 8,49 metros, lo que le daba la primera posición en la final de longitud de los JJOO de Sydney 2000. El cubano Iván Pedroso contemplaba, contrariado, cómo el australiano celebraba su logro con el público. Taurima no había conseguido aún el oro, faltaba el último salto del cubano, pero estaba cerca. Tras el cuarto puesto de Pedroso en Barcelona y su bajo rendimiento en Atlanta por culpa de una lesión, el salto de Taurima lo alejaba una vez más del cajón alto del podio. Puede que para siempre. Solo le quedaba un salto para enderezar el rumbo de la historia. ¿Qué pasó por la cabeza de Pedroso?

El australiano Taurima (“el bribón de Jai”, como le tildó un medio cubano) fue uno de esos atletas que surgen, estallan y desaparecen del panorama internacional. Como una burbuja. Su medalla en Sydney fue la única que logró en un campeonato de gran nivel. Además de eso, en su currículo solo encontramos un cuarto puesto en el Mundial de Sevilla, un año antes. Del cubano, sin embargo, conocemos su dilatada carrera. Ocupado ahora como entrenador (dirige al triplista francés Teddy Tamgho), se dio a conocer en los Juegos de Barcelona, donde con 20 años quedó al borde del podio en una final dominada por esos tipos que tanto saltaban.

Podio de Barcelona ’92: Greene (bronce), Lewis (oro) y Powell (plata) |Mike Powell/Allsport

Podio de Barcelona ’92: Greene (bronce), Lewis (oro) y Powell (plata) |Mike Powell/Allsport

Después sería nueve veces campeón “del orbe” (como dicen por La Habana), entre pista cubierta y aire libre. Pero volvamos a Sydney 2000, donde la gran heroína fue la aborigen Cathy Freeman, oro en 400 metros. Muchos, los que únicamente se fijan en detalles superficiales (no los seguidores de TheWangConnection.com, por supuesto), la recordarán solo por su atrevida indumentaria, que ofrecía muy poca resistencia al viento y a la crítica estética. Yo, sin embargo, me acuerdo de ella porque fue una fantástica atleta, por su compromiso social… y por su estupenda sonrisa.

Freeman, en la final de 400

Freeman, en la final de 400

Pero el 28 de septiembre ya habían transcurrido tres días desde la hazaña de Freeman y los aficionados australianos que se acercaron al estadio olímpico necesitaban nuevas dosis de alegría, y más teniendo en cuenta el disgusto de la mañana: la marchadora local, Jane Saville, fue descalificada cuando entraba en el estadio para proclamarse campeona. Descalificación que, por otro lado, permitió al atletismo femenino español conseguir su hasta ahora única medalla olímpica, el bronce de María Vasco.

Tarjeta roja para Saville

Tarjeta roja para Saville

Aquella tarde Taurima demostró ser un gran competidor, igual que había demostrado ser un bocazas fuera del foso. Antes de la cita olímpica pronosticó que los saltadores negros, como Pedroso, no competirían bien en el clima primaveral de Sydney, y añadió que los norteamericanos eran unos “debiluchos”. Sus palabras, interpretadas por muchos como racistas, fueron simplemente producto de su ignorancia. El australiano era un atleta grande y explosivo, llamativo, fanfarrón, que aseguraba beber bourbon y fumar un paquete diario de tabaco. Tuvo una conexión máxima con su público aquel día y en el concurso final demostró su carácter. Tras un primer intento nulo saltó 8.18, 8.34, 8.40 y 8.49, estos dos últimos récords continentales.

Taurima celebra uno de sus saltos

Taurima celebra uno de sus saltos

Mientras el público aún celebraba el quinto salto de Taurima, Iván Pedroso se colocó en el pasillo de longitud del Stadium Australia. Miró con los ojos muy abiertos al horizonte… y lo vio despejado. Movió los brazos y comenzó su carrera. Llegó a la tabla a 35,20 km/h, mucho más lento que su rival (41,20 km/h en su mejor salto), pero salió despedido hacia la arena, como si pisara un trampolín, en una secuencia de movimientos perfectamente hilvanados: en el vuelo y la caída del cubano encontramos los detalles técnicos más elegantes del atletismo de su tiempo. Era el mejor, así lo pensó, y no podía perder. Esa convicción llevó a Pedroso a 8,55 metros. “Cuando me siento así soy imbatible. Sabía que iba a ganar en el último salto”, declaró tras la final. Oro olímpico, confirmado tras el sexto salto de Taurima (8,28).

Pedroso corrió a abrazarse a su entrenador, Milán Matos, y a los miembros de la delegación cubana, entre los que se encontraba el mítico Alberto Juantorena. Después, lloró desconsoladamente. Lo había conseguido. Un gran atleta merece el máximo honor olímpico. Tristemente, algunos se lo perdieron, como Tergat, Radcliffe o Kipketer. Pero Pedroso, no. Por poco. A punto estuvo de arrebatárselo aquel bribón.

Shchurenko, Pedroso y Taurima. En el podio todos parecen buenos chicos | Mike Powell/Allsport

Shchurenko, Pedroso y Taurima. En el podio todos parecen buenos chicos | Mike Powell/Allsport

Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.

Sin comentarios

Escribir un comentario
Todavía no hay ningún comentario Puedes ser el primero en comentar este artículo

Escribir un comentario

Su dirección de e-mail on será publicada
Los campos obligatorios están marcados*

Introduce la respuesta: * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.