Síguenos en InstagramSíguenos en FacebookSíguenos en TwitterSíguenos en Youtube
FIRMAS

Aquel verano de 1992

La escritora Isabel González Yagüe evoca uno de los momentos mágicos de nuestro deporte
Aquel verano de 1992
Fermín Cacho toca la gloria con el oro en los Juegos de Barcelona 92 | RFEA
Escritora de 'La Sonrisa de Tango'
08 Ago 2017 09:08

Es posible que nacer durante el verano en que España celebró su Mundial de fútbol, influyera en mi afición por este deporte. Lo que es seguro es que gran parte de la culpa la tuvieron las ganas de querer estar siempre pegada a mi padre y a mi hermano. Qué iba a hacerle si siempre me gustaron más las aficiones que por aquella época llamaban “de chicos”.

Pues sí, me encantaba el fútbol (y me sigue encantando). Me gustaba verlo, y más aún jugar. Sin embargo, por aquella época no había- o no conocía- ningún club que aceptara a niñas en sus filas. Tampoco esto me causaba mayor problema, o quién sabe si era triste resignación. El caso es que yo jugaba a fútbol con mi hermano, sus amigos y otra amiga mía en nuestro barrio; o con casi todos los chicos y un par de chicas más en el patio del colegio. Después, como actividad extraescolar, mi madre o mi hermana mayor me llevaban a diario a mis clases de ballet. Puede parecer paradójico, pero no miento si digo que también fui feliz brincando dentro de un tutú durante once años.

En cuanto al atletismo, nunca tuve una referencia en casa. Bueno, sí… mi padre me solía contar que una vez corrió un relevo representando a su colegio en el antiguo Palacio de los Deportes de Madrid, porque le regalaban un chándal de espuma azul. Pero eso ya es otra historia.

Con ocho o nueve años yo ya había coqueteado con el salto de longitud en el colegio. Me parecía divertido eso de coger carrerilla y sobrevolar la arena. Además también me permitía saltarme alguna clase de la tarde, para prepararnos para los juegos escolares. Sin embargo, no destacaba especialmente corriendo. Era rápida, sí, pero no era ni de lejos la mejor del curso. Eso de correr bajo la presión de un cronómetro me aburría. Yo prefería correr por la banda de un campo de futbol de tierra, o hacer quiebros cuando jugábamos al pilla-pilla. Ahí sí se veía mi capacidad atlética, pero eso de correr por correr se lo dejaba a otros.

¿Qué me hizo entonces descubrir el atletismo? Mejor, hay que preguntarse quién.

Fue una tarde-noche de verano. Ahí estaba yo, pegada frente al televisor. La selección de fútbol llevaba casi media hora disputándose la medalla de oro de las Olimpiadas de Barcelona, cuando la emisión de TVE saltó casi sin avisar del Camp Nou a Montjuic. Se trataba de un tal Fermín Cacho. La distancia que iba a correr, según me aclararon en casa, era un poco menos de cuatro vueltas a la pista de atletismo. Un mil quinientos, decían, que por alguna extraña razón me hipnotizó frente a la tele.

¡Pum! Sonó el pistoletazo de salida. A mí me daba la sensación de que los atletas apiñados no corrían tan tan rápido como para estar en la final de unos Juegos Olímpicos. Una vuelta, otra, otra más, pero antes de llegar a la última curva de la última vuelta, aquel atleta español encontró un espacio en la cabeza de carrera. Con valentía se coló por él, adelantándose y abriendo un hueco con respecto al resto de adversarios. Yo en aquel momento ya no recordaba que la selección de fútbol seguía empatada a cero, porque estaba gritando y saltando delante del televisor admirando el coraje de aquel hombre.  La ventaja en la última recta era tan grande que los espectadores aplaudían en pie. Un braceo imposible, lleno de magia, ayudó a Fermín Cacho a cruzar la meta, disfrutando por saberse ya campeón olímpico.

Aquella medalla de oro fue el mejor regalo que recibí aquel día en el que yo había cumplido diez años. Cuando volvió la emisión del partido de fútbol, España iba perdiendo 1-0 en el descanso. Pero no estaba preocupada. Ese atleta, que ya tenía para mi un nombre en mi historia, me hizo creer que cualquier remontada era posible.

No esperé al siguiente día. Mi hermano y yo aprovechamos los 15 minutos de descanso del partido de fútbol para salir a la calle y correr unas cuantas vueltas alrededor de nuestro bloque. Todo había cambiado. Ya no era correr por correr. Era correr por euforia, por necesidad. Y mientras daba vueltas alrededor de nuestra casa, empecé a intuir que el atletismo me regalaría grandes momentos en mi vida.

* El último libro de Isabel González Yagüe es La Sonrisa de Tango

Artículos relacionados
Érase una vez una niña que corría feliz sobre un anillo rojo

Isabel Glez. Yagüe

Escritora de 'La Sonrisa de Tango'


Sin comentarios

Escribir un comentario
Todavía no hay ningún comentario Puedes ser el primero en comentar este artículo

Escribir un comentario

Su dirección de e-mail on será publicada
Los campos obligatorios están marcados*

Introduce la respuesta: * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.