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El auténtico 10

03 Dic 2015 21:12
Arthur Antunes Coimbra 'Zico'

Arthur Antunes Coimbra ‘Zico’

En mi época, los números 10 encarnaban la identidad, la raza y el motor de cualquier equipo de fútbol. Ahí estaban los Pelé, Maradona, Zico, Platini, Kempes, Matthaus… Todos los chavales que hacían deporte, casi siempre el fútbol, querían el número 10 a su espalda. Eran los que mandaban, los dueños del vestuario. Pero también había algunos chavales “raros” que jugábamos a un deporte que en los años 80 se hacía ya notar en esta España nuestra. No es otro que el baloncesto.

No creáis que era fácil. Recuerdo cómo a veces teníamos que soportar la sorna y la risa de algún zote cuando se refería a los que jugábamos al baloncesto como “ese deporte de maricas” (por aquello de la palmada y tal y tal…) Sí, así era. Eran los años 80, los años de la Movida madrileña, de la libertad y el despendole de una buena parte de los españoles, después de una etapa que a nosotros no nos tocó vivir.

Yo jugaba en el colegio, cuando el deporte escolar era realmente importante. La unión y el apego de pertenencia a un grupo no lo he vuelto a vivir desde entonces. Los piques entre los equipos de un colegio y otro eran mortales… de necesidad. La rivalidad lo traspasaba prácticamente todo. Era la salsa y la pimienta a esos años en los que el fútbol era el único deporte en España.

Pero esos chavales “raros” que llegábamos a casa a merendar con las manos sucias y negras por el bote de un balón de baloncesto (de la marca Luyk o Mikasa, casi siempre) también teníamos nuestros ídolos, nuestras referencias. Los primeros recuerdos, casi en blanco y negro, me llegan de los partidos de la Copa de Europa de baloncesto que echaban por la tele. El Palacio de los Deportes del Madrid (el antiguo, donde se levantan hoy las cuatro torres madrileñas) era el escenario ideal para enchufarnos raudos y veloces al televisor.

Real Madrid

Real Madrid

Normalmente esos partidos eran los miércoles o jueves por la tarde; al día siguiente, los cuatro “raros” de siempre llevábamos al colegio San Calixto nuestra tablilla de estadísticas para comprobar cuántos rebotes, puntos, tapones o asistencias había conseguido ese Madrid de los Corbalán, Iturriaga, Jackson, Robinson, Rullán, Romay, Del Corral, Lolo Sainz (entrenador)… y un tal Fernando Martín.

Recuerdo a un hermano marista, el hermano Jesús, que nos contaba la historia de un chaval que él había conocido y entrenado en el Colegio San José El Parque de Madrid; no era otro que Fernando Martín. No creo que fuera por ese vínculo, más bien sentimental, pero lo cierto es que no he visto a otro jugador que me haya transmitido más en una pista de baloncesto que Fernando.

Con el número 10 a la espalda era una señal de tranquilidad, un sosiego, una emoción inmensa cuando salía al parqué. Se ha escrito todo de él, sus duelos épicos contra Norris, la rivalidad con Petrovic, sus enganchadas con los mejores pívots europeos (aquellos que todavía no salían de Europa para irse a la NBA), su identificación con la selección española de baloncesto, su entrega

Fue uno de los primeros deportistas completos en España; su tren inferior no es como los de ahora pero la corpulencia del superior le hacía prácticamente invencible en el uno contra uno, y en el todos contra todos. Le tocó medir poco más de dos metros, y se decidió por el baloncesto, a pesar de que otros deportes llamaron a su puerta. Se hubiera decidido por cualquiera, hubiera sido el mejor, y hubiera hecho campeón a su equipo, sin ningún tipo de duda.

Recuerdo cómo un domingo 3 diciembre de 1989, por la tarde noche, escuché por la radio la noticia sobre un accidente de coche en la M-30 madrileña de un jugador del Madrid de baloncesto. Las mariposas en el estómago empezaron a revolotear, no daba crédito a lo que estaban escuchando los oídos de un adolescente pirao por el baloncesto. En la habitación de mi casa tenía varios posters, uno era de Fernando Martín con el 10 a la espalda, cuando jugó en la NBA con los Portland Trail Blazers. El “capullo” de Mike Schuler no confió en él, qué pena. Su carácter competitivo le volvió a traer a España. Esa tarde invernal había regresado de jugar un partido con mi equipo. No recuerdo más, sólo la trágica noticia de la muerte de Fernando Martín.

Fernando Martín ha sido, para mí, el mejor jugador de baloncesto que ha dado este país. Me podréis hablar de muchos otros, los antiguos, y, ahora, los actuales. Nunca nos pondremos de acuerdo. Quizá sólo Pau Gasol, pero quizá sólo, me recuerda el espíritu indomable sobre una cancha de basket. El querer ganar, la raza llevada a los extremos, la nobleza, la gratitud, la personalidad, nunca hubo nadie igual.

Martín (con la tilde en la i), el número 10, aquella persona que su vida convirtió en una carrera a toda mecha, en una competición al más alto nivel, en una batalla diaria contra cualquier molino de viento. Ganó, no me cabe la menor duda. La leyenda del número 10 brotó aquella noche fría en Madrid. Una camiseta que nadie jamás volverá a vestir nunca. El auténtico 10, Fernando Martín Espina.

El ínclito Mike Schurer y Fernando Martín

El ínclito Mike Schurer y Fernando Martín


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Fernando MartínFernando Martín Espina

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