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El entrometido

20 Dic 2015 11:12

Imaginen que pueden disfrutar de un duelo entre los mejores de la historia en su deporte preferido. Al menos, de la historia que ustedes han vivido. Si hablo por mí, sería una final de Copa de Europa entre el Milán de Sacchi y el Barça de Guardiola. O entre la Cibona de Petrovic y la Jugoplastika de Kukoc. Una ascensión a Alpe D’Huez que enfrentara al mejor Hinault con el mejor Indurain. Una final de Wimbledon entre Steffi Graf y Serena Williams, ambas en plena forma. Sí, es cierto, cada momento tienes sus mejores, y se enfrentan con cierta asiduidad. No obstante, me encantaría asistir a alguno de esos duelos. A veces el destino se porta bien con los aficionados y junta a dos de los más grandes en un mismo momento. En atletismo no es muy difícil. Lo extraño es que coincidan en la misma prueba.

Graff enseña su oro en Seúl ’88. Sabatini, resignada

Graff enseña su oro en Seúl ’88. Sabatini, resignada

El 31 de agosto de 2003, pasadas las seis y media de la tarde, tuvo lugar una de esas carreras que se recuerdan toda la vida. El escenario fue el Stade de France, en Saint Dennis, en el extrarradio de París. Se celebraba el campeonato mundial de atletismo al aire libre. ¿Recuerdan? Eran buenos tiempos para el atletismo español. Marta Domínguez, Julio Rey y Paquillo Fernández consiguieron la plata en 5.000, maratón y 20 km marcha, respectivamente; y Eliseo Martín y Yago Lamela ganaron el bronce en 3.000 obstáculos, el primero, y salto de longitud, el segundo. Buenos tiempos… o sucios tiempos, según se mire. Las tres platas fueron conseguidas por atletas enredados en el dopaje. Políticos, dirigentes, aficionados… todos miraban para otro lado y a cada acusación se respondía con el recurrente “es una persecución”, o, peor aún, “los franceses nos tienen manía”.

Paquillo, en el podio de Paris. El vencedor fue Jefferson Pérez

Paquillo, en el podio de Paris. El vencedor fue Jefferson Pérez

París 2003 asistió a la consagración del nuevo fenómeno mundial del fondo, el etíope Kenenisa Bekele. Se había proclamado campeón mundial de cross corto y largo en 2002 y 2003, en unas carreras en las que mostró una superioridad arrolladora. Hasta París no había hecho ninguna incursión en los grandes campeonatos en pista en categoría absoluta, pero ya admirábamos todo de él: su resistencia, su potencia, su velocidad… y su elegante zancada. En el Stade de France llegó su momento, y el 24 de agosto dio el gran paso que todos esperaban: destronó al mítico Haile Gebrselassie en la prueba de 10.000, en una maravillosa final en la que los tres etíopes (Bekele, Grebrselassie y Sihine) parecían correr con movimientos coordinados.

Los etíopes a la carrera

Los etíopes a la carrera

El 27 de agosto, tres días después, se disputó la prueba de 1.500, con el marroquí Hicham El Guerrouj como claro favorito. Llegaba como gran dominador de la distancia, campeón y recórdman mundial. Aunque había fallado en Sydney 2000, cuando se dejó arrebatar el oro por Ngueny, seguía siendo, con diferencia, el mejor. Él no necesitaba destronar a nadie, solo evitar que lo destronaran a él, y en su final no defraudó, imponiéndose con cierta facilidad al francés Baala y al ucraniano Heshko, con el español Estévez en sexto lugar.

El Guerrouj vence. Al fondo, los otros dos españoles de la final: Higuero y Parra

El Guerrouj vence. Al fondo, los otros dos españoles de la final: Higuero y Parra

Ambos campeones, Bekele y El Guerrouj, decidieron doblar en París, y uno bajando y otro subiendo se encontraron en el 5.000. Fue el gran momento que esperábamos todos los aficionados, el día mágico en el que dos de los más grandes de la historia se juntan en el tartán. Los pronósticos estaban divididos. Bekele ya apuntaba a récord mundial (lo batiría nueve meses después, en Hengelo, 12:37.35), mientras que de El Guerrouj, aunque no se prodigaba mucho en distancias mayores que la suya, se valoraba su último 400. En una carrera a ritmo de récord del mundo el favorito evidente era Bekele, pero en una final de mundial no hay liebres (al menos, no debería haberlas, y entonces no las hubo), y si la carrera no era muy exigente y no descolgaban al marroquí antes de la última vuelta, todo era posible. Lo que todos teníamos claro es que el oro y la plata estaban reservados para ellos, y el resto de finalistas tendrían que conformarse con luchar por el bronce. Dispuestos a ello estaban, entre otros, los keniatas Kibowen, Chebii y Limo, el etíope Gebremariam, el eritreo Tadesse y el marroquí Goumri. El representante español, Juan Carlos de la Ossa, aspiraba a puesto de finalista, y no lo consiguió por poco: quedó noveno.

Gebremariam, otro clásico del siglo XXI

Gebremariam, otro clásico del siglo XXI

Al último 800 se llegó como interesaba a El Guerrouj. Bekele confiaba en su final, quizá con demasiada ingenuidad, pero daba la sensación de tener controladas sus fuerzas y la carrera. A 500 metros de la meta el marroquí y el etíope seguían en cabeza con la tropa de keniatas detrás. A falta de 300 El Guerrouj pareció irse definitivamente, pero Bekele aguantó el arreón. Todos esperábamos el sprint final entre ambos cuando, inesperadamente, se coló un entrometido, el keniata Eliud Kipchoge, al que ni he nombrado entre los candidatos porque nadie esperaba nada de él (al menos yo). Tras unos metros finales emocionantísimos, Kipchoge se impuso con una magnífica marca (12:52.79, CR). Un bombazo. Un casi desconocido fue capaz de batir a los dos grandes. Disfruten de la carrera (no tanto de los comentaristas):

Kipchoge no fue un atleta de paso. Llegó a París con 19 años como campeón mundial junior de cross y después se consagró como un gran fondista, ganador de dos medallas olímpicas. La primera la consiguió en Atenas 2004, en una final en la que se repitió el gran duelo, como sabemos, esta vez con victoria de El Guerrouj y Bekele segundo.

Hoy Kipchoge, superada por poco la treintena, se ha reconvertido en maratoniano y disfruta de una carrera espléndida. Ha disputado cinco maratones, de los cuales ha ganado 4: Rotterdam, Chicago, Londres y Berlín. En este último, en septiembre, estuvo cerca del récord del mundo (2h04’00), y todo apunta a que solo sus problemas con las plantillas le impidieron lograrlo.

Las plantillas del demonio

Las plantillas del demonio

Un aplauso a los que, como Kipchoge, entran sin llamar en las reuniones importantes.

Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.

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