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Esos locos que corren

Esos locos que corren
07 Abr 2014 06:04

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Noa Aguilera

Noa Aguilera | César Reyes

Muchas veces decimos u oímos eso de “el mundo está loco”. Está claro que eso no es así ni puede serlo así. Locas están, o no, las personas. Y si ya escuchamos o vemos lo que hacen algunos de nuestros semejantes tenemos razones de sobra para pensar y afirmar que hay mucho loco suelto en nuestro planeta.

Ahora que cada vez está más de moda salir a correr. Ahora que el auge de las carreras populares sube cada vez  más que lo que lo que lo hacía la prima de riesgo hace un par de años, da la impresión de que cada día hay más locos que se calzan las zapatillas y se echan a la calle, al campo, a la montaña, al tartán.

Como tiene que ser, locos los hay de todo tipo: aquéllos que entrenan según dictan las revistas especializadas; aquéllos que buscan por internet; los que cuentan con un entrenador personalizado; los que entrenan en un club; los que lo hacen guiados por un amigo que tan loco como él está.

En unas semanas se cumplirá mi primer año colaborando con esta maravillosa página, gracias a la cual he conocido a buenísima gente. Locos también, no lo dudéis. Hasta ahora he hablado siempre de otros locos, con otros locos en forma de entrevistas. Os pido permiso para hablar en primera persona.

Ayer tomé la salida en la XXIV Media Maratón de Málaga. Y llegué a meta. Esto último no debería ser reseñable, pero en el fondo fue fundamental. Si bien yo llevaba varios meses preparando esta prueba, un constipado me había dejado KO los días previos a la prueba. Llegué a pensar en no tomar la salida, que habría sido lo más prudente y conveniente. Ahora bien, el trabajo estaba hecho y había que intentarlo. Mi idea era arriesgar al máximo, dentro de mi nivel, para conseguir mejorar mi mejor marca en la distancia, que data de 2005. Desde entonces no había preparado una media maratón a conciencia. Pasar los días y las noches con mal cuerpo, sin poder respirar, siendo un hervidero de mocos no me ayudaba a elevar mi optimismo, pero sentía que tenía que estar bajo el arco de salida.

Además, el día de ayer era especial. La princesa de mi casa, mi hija Noa, cumplía 7 años. Cuando mi mujer estaba embarazada de ella fui a correr mi segundo maratón y, por culpa de un percance, estuve a punto de perder un dedo de la mano derecha, lo que me obligó a estar 5 semanas sin calzarme las zapatillas. Ese parón me llevó a dejar de lado, una vez más, los entrenos y las carreras… hasta que un día comencé a hacer cálculos y llegué a la conclusión de que era “ahora o nunca”. Si quería correr tenía que ser de madrugada, y así fue durante 3 años. Tocaba hacer series, rodajes, trotes, entre las 5 y 7 de la mañana, algo que se convirtió en una especie de locura necesaria, que me hacía sentir cada vez mejor y que me animaba a afirmar que yo era uno de esos locos que corren, uno de esos héroes del asfalto que, si bien no tenía que demostrar nada a nadie, sí que cada día me demostraba a mí muchas cosas.

En la actualidad entreno a horas normales, racionales. Voy mejorando poco a poco.

Ayer, mientras pasaban los kilómetros y veía que el crono marcaba pasos kilométricos de 4.12-4.13 me iba animando. Era un poco más lento de lo que tenía previsto, pero no debía ni podía pedir más. Bastante hacía con estar allí cuando lo cómodo y fácil habría sido quedarme en casa descansando o, a lo sumo, en la grada del estadio viendo y animando a los 6.000 locos que se enfrentaron al asfalto.

Iba corriendo y veía a familias animando a su gente, con carteles que decían “Papi, eres nuestro campeón”. Eso da muchos ánimos, motiva muchísimo y te alienta a no desfallecer ni cuando el cuerpo comienza a perder fuelle, a escasear en fuerzas. Aunque perdí el resguardo del buen grupo en el que iba me obligaba a apretar el culo y a seguir ahí, marcando parciales un poco más lento, pero marcando, sumando kilómetros, o restándolos, ya que en carreras así es más habitual restar mentalmente para cerciorarte de cuánto queda hasta meta. 

No tiene precio, en un día especial como el de ayer, pasar por debajo de la ventana del hospital donde nació Noa. Me emocioné y eso me dio fuerzas para luchar, para pelear contra mí mismo o conmigo mismo, depende de cómo se mire.

Al poco de pasar el último kilómetro me fui creciendo, las lágrimas comenzaron a aflorar desde mis ojos. Me emocioné tanto que llegué a hiperventilar hasta tal punto que tuve que frenar porque pensaba que me iba a dar un yuyu. Entrar en el estadio fue especial, mágico. Te sientes un campeón. A falta de 100 metros me volvió a pasar lo mismo y tuve que volver a levantar el pie, no quería acabar en una ambulancia, como me pasó en ese Maratón de Sevilla de 2007. Cruzar la meta, esa línea tan ansiada me llevó a confirmar que estaba rodeado de muchos locos como yo, cada uno con su historia, con sus objetivos, obsesiones, metas.

Ya sabemos que hacen falta valientes, locos que ayudan a que den sentido a la vida, a lo que cada uno hace. En días como ayer se sacan muchas conclusiones, siendo la más positiva el hecho de darme cuenta de que podemos, de que no hay nada imposible. Si lo intentas, puedes conseguirlo, o no, pero por supuesto que es posible. No sé si algún día podré tocar la luna con mis manos, pero sí estoy seguro de que si lo intento igual lo consigo, o no, pero lo intentaré. Que no os quepa la más mínima duda. A mí no me cabe.

Fran Aguilera

Fran Aguilera | César Reyes

Fran Aguilera

Corredor, Diplomado en Educación Física, Monitor de Atletismo, Entrenador Nacional de Ciclismo. Mijas (Málaga)


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