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ZANCADAS PARA EL RECUERDO

La bandera aborigen

Por Óscar Monterreal
ESPECIAL | Zancadas para el recuerdo
La bandera aborigen
Bandera oficial aborigen, reconocida por Australia
05 Nov 2016 10:11

La neozelandesa Valerie Adams es la mejor lanzadora de los últimos tiempos. Ha ganado, entre otras medallas, el oro en peso en los Juegos de Pekín y Londres, y la plata en Río. También, el oro en los mundiales de Osaka, Berlín, Daegu y Moscú. ¿Cómo se les queda el cuerpo? Y a veces, cuando no gana, es por tener delante a alguna tramposa que, si todo funciona, es sancionada posteriormente. Así ocurrió en los Juegos de Londres, donde la bielorrusa Nadzeya Ostapchuk, vencedora de la prueba, fue desposeída del oro por su afición a los anabolizantes. Malo para Ostapchuk, que la cazaron. Malo para Adams, que no pudo colgarse su medalla en el podio.

Ostapchuk, una más a la lista

Ostapchuk, una más a la lista

Adams es una mujer, como se estila entre las lanzadoras, corpulenta. Pesa alrededor de 125 kilos y mide 1,95 metros. Es la más alta de sus hermanas. Son cinco chicas. Pero la mayoría de sus hermanos varones son más grandes que ella. Los trece. En total, son dieciocho hermanos. Alguno más es un deportista de primer nivel, como el baloncestista Steven, jugador de la NBA. Los Adams, Valerie y Steven, sirven de inspiración a los jóvenes de la etnia maorí, históricamente maltratada por los aparatos del estado neozelandés. Cuando la veo competir me acuerdo de otra célebre indígena oceánica, australiana en este caso, la cuatrocentista Cathy Freeman. Ser mujer y de una etnia determinada es un hándicap en ciertos territorios, así que debemos valorar doblemente estos triunfos que, en mayor o menor medida, emiten un mensaje de esperanza e impulsan la normalización social.

El clan Adams. No intenten robar en su casa

El clan Adams. No intenten robar en su casa

Cathy Freeman fue un símbolo para los suyos. La atleta se convirtió en el altavoz de los grupos aborígenes en la protesta contra el maltrato sistemático que habían recibido por parte de las autoridades australianas. Su discurso generó mucha controversia, y en la antesala de los Juegos de Sydney amenazó con envolverse en la bandera aborigen, y no en la australiana, si obtenía medalla, lo que le reportó muchas críticas por parte de los sectores más conservadores de su país. “La bandera que nos representa a todos es la australiana”, le dijeron. “No a todos”, respondían desde círculos aborígenes. El asunto, hoy, sigue levantando ampollas. Al “Australia Day”, que celebra la llegada de los ingleses a la isla, los descendientes de los nativos le llaman “Invasion Day”. ¿Les suena?

En la final de los 400 metros, celebrada el 25 de septiembre de 2000 en el Stadium Australia, Freeman partía como gran favorita, y más después de la espantada de su principal rival, la francesa Marie-José Pérec, que se había impuesto a Freeman en los anteriores Juegos, los de Atlanta. Sin embargo, tras aquella plata en la ciudad de la Coca-Cola, la australiana se convirtió en la gran dominadora de la prueba, venciendo en los mundiales de Atenas ’97 y Sevilla ’99. Antes de la final de Sydney, comentábamos, Pérec abandonó la ciudad australiana con la excusa de que se existía una especie de confabulación mundial en su contra. No lo dijo con esas palabras, pero el espíritu de su mensaje era ese: que si la espiaban, que si la acosaban, que si la amenazaban de muerte… Nadie la creyó. Todos pensaron (pensamos) que simplemente temía la derrota. Pérec era una magnífica atleta, pero a esas alturas, con su gran palmarés, quedar segunda no la motivaba.

Pérec sale del hotel camino a casa

Pérec sale del hotel camino a casa

En lo que tenía razón la francesa es en que si se hubiera quedado no habría podido con Freeman. La australiana estaba intratable. Frente a la elegancia de Pérec, alias la Gacela, Freeman era un rodillo en la pista, especialmente en ese año 2000. Australia entera, polémicas aparte, estaba volcada con su atleta, que ya había sido protagonista de los Juegos al encargarse del último relevo de la antorcha antes del encendido del pebetero.

La carrera transcurrió sin sobresaltos, si obviamos el traje que vistió Freeman. En medio de un vocerío atronador nuestra protagonista cumplió con el guión previsto. Tras una salida rápida, controló la prueba desde la calle swia y aplicó un final incontestable para sus rivales. Oro para Freeman (49:11), plata para la jamaicana Graham (49:58) y bronce para la británica Merry (49:72).

Las tres medallistas de Sydney

Las tres medallistas de Sydney

Aquel triunfo supuso su culmen deportivo, pero también precipitó su final, pues prácticamente se retiró del atletismo de primer nivel. Continuó un par de años más, pero tras su gran logro no encontró motivación competitiva, a pesar de que solo tenía 30 años cuando anunció su retirada. Quería dedicar su tiempo a otras cosas, como colaborar con asociaciones en defensa de la causa aborigen. Así lo sigue haciendo actualmente.

Cathy Freeman es un ejemplo de lucha y tenacidad. Superó sus orígenes sociales marginales y sus problemas familiares, como el alcoholismo de su padre o la parálisis cerebral de su hermana. Superó la necesidad de alternar los entrenamientos con trabajos físicamente exigentes, como camarera o peluquera, en su etapa de formación. También superó sus líos amorosos. Nic, su pareja, la dejó por la también atleta Sonia O’Sullivan. Su nuevo amor, Alexander, padeció un cáncer de garganta, no sin antes protagonizar una estruendosa pelea con Nic. No lo tuvo fácil la australiana. Consiguió ser campeona olímpica con una mochila bien cargada de presión, siendo a la vez el icono de un pueblo oprimido y del país opresor. Con un recorrido personal tan enredado hay que tener la cabeza muy bien estructurada para salir indemne de tan imponente reto.

Año 2008. Freeman seguía asombrada de haber ganado en Sydney con ese traje

Año 2008. Freeman seguía asombrada de haber ganado en Sydney con ese traje

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Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.


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