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Quince años del comienzo del mito

25 Sep 2015 08:09

Un joven se frota las manos, sopla hacia ellas y mira hacia el frente. Alza los brazos, dirige su mirada hacia el techo y vuelve a centrarse en su objetivo. Respira, toma impulso y rompe a correr a toda velocidad. Baja el ritmo, marca los pasos y vuelve a acelerar. Da una voltereta en el suelo para caer a continuación sobre un potro en el que se apoya para salir disparado, girar sobre sí mismo realizando una pirueta y media y caer sobre el suelo como si nada hubiera pasado. Alza los brazos, se gira hacia su derecha y hace un ademán de saludar a los presentes. Se aleja del campo de batalla satisfecho del trabajo bien hecho. Resopla. Choca la mano con su técnico. El mundo ve repetido su salto mientras él espera, nervioso, la puntuación de los jueces. 9.800 dictaminan estos, mientras él, ya preparado, se concentra para emprender la segunda embestida.

Gervasio Deferr con su oro en Sídney 2000

Gervasio Deferr con su oro en Sídney 2000

Mueve la cabeza, retrocede unos pasos, salta. Extiende los brazos, se frota las manos y se prepara para volver al ataque. Levanta el brazo derecho, se vuelve a frotar las manos y se sopla la mano izquierda. Agacha la cabeza, la levanta, mira hacia el frente y levanta los brazos. Empieza a correr, toma impulso, salta, gira sobre sí mismo. Aterriza de forma perfecta, lo que le hace alzar con rabia el brazo derecho. Cuando saluda a su equipo, no puede evitar que una sonrisa se dibuje en su cara. Baja de la zona de competición y se abraza con su cuerpo técnico. Anda, alejándose del lugar en el que está a punto de hacer historia. 9.712, deciden los jueces. Se coloca primero. Los miembros del cuerpo técnico español vuelven a felicitarle. La competición avanza.

La competición acaba. Nadie puede bajarle de la primera posición. Lo ha conseguido. Antes de competir, toda su confianza estaba depositada en la prueba de suelo, en la que era el vigente subcampeón mundial (1999) y europeo (2000). Había fallado en ella. Pero, como los grandes, había convertido la frustración en energía para hacer historia y proclamarse campeón olímpico de salto en gimnasia artística.

Gervasio Deferr Ángel inscribió su nombre en la historia del deporte hace exactamente quince años. Fue en Sídney, un 25 de septiembre del año 2000. El día del comienzo del mito.

Su momento más duro

La vida no es un camino de rosas y tampoco lo es para él. El 12 de octubre de 2002, apenas dos años después de haber hecho historia, da positivo por cannabis en un control antidopaje realizado durante el Campeonato de España. Una semana después, en la Copa del Mundo de París, vuelve a dar positivo por la misma sustancia. Por ello, en marzo de 2003, la Real Federación Española de Gimnasia lo suspende entre el 7 de enero y el 7 de abril de ese año. La Federación Internacional de Gimnasia, por su parte, anula sus resultados entre el 19 de octubre de 2002 y el 19 de enero de 2003. Las consecuencias se hacen notar: pierde su medalla de oro en suelo en la Copa del Mundo de París de 2002 y la medalla de plata, también en suelo, en el Campeonato del Mundo del mismo año. Aunque, lejos de hundirse, se hace más fuerte: toma impulso para volver a hacer historia en los Juegos Olímpicos de Atenas.

Vuelta a lo más alto

Seguramente, un campeón olímpico no es nadie que necesite reivindicarse. Pero él no es un campeón olímpico más: es uno de los grandes y lo quiere volver a demostrar. Tras un ciclo olímpico con muchos altibajos, quiere volver a brillar en la competición que le hizo grande: los Juegos Olímpicos.

Dicen que la línea que separa el éxito del fracaso es muy delgada en el deporte. Él, aunque ya tiene un nombre que perdurará para siempre dentro de los anales de la historia del deporte español, prueba la amargura de quedarse a un paso de su objetivo. Ha logrado meterse en la final de suelo y de salto en los Juegos Olímpicos de Atenas.

No es una persona que tenga que demostrarle nada a nadie, pero tampoco es alguien a quien se pueda definir como conformista. A pesar de perder sus medallas en suelo en competiciones anteriores, sabe que es uno de los favoritos para subirse al podio. Es más, sabe que su título olímpico llegó en salto, pero el suelo sigue siendo su ojito derecho.

El 22 de agosto tiene una oportunidad para demostrarlo. Pero esa línea del éxito se hace más delgada que nunca y le deja fuera del podio de los elegidos. 9.712 es la puntuación final de un Deferr que acaba cuarto en la final de «su» prueba, empatado con el estadounidense Hamm y el japonés Nakano y a escasas centésimas de los hombres que ocupan el podio: el canadiense Shewfelt, oro; su gran rival, el rumano Dragulescu, que se hace con la plata, y el búlgaro Yovchev, bronce.

La prueba acaba con una cuarta posición y la rabia de quedarse a un muy estrecho margen de volver a inscribir su nombre en la historia. Pero él tiene una mentalidad ganadora y sabe que al día siguiente, durante la final de salto, tiene la oportunidad de demostrar que su oro olímpico en Sídney no fue casualidad.

Se frota las manos, mira hacia el frente y alza el brazo derecho. Toma posiciones, mira hacia el frente de nuevo y se escupe en la mano derecha para, a continuación, frotarla de nuevo con la izquierda. Repite este proceso mientras alza la vista y divisa lo que le espera. Alza los brazos, los baja, se impulsa y empieza a correr hacia su sueño.

Da una voltereta en el suelo, se impulsa, se apoya en el potro y comienza a dibujar una serie de piruetas en el aire que le hacen aterrizar con fuerza, aunque cediendo por unos instantes el equilibrio de uno de sus pies. No importa. La dificultad es tan alta que los jueces le otorgan un 9.687.

Vuelta a empezar para afrontar su segundo salto. Se gira, se frota las manos y vuelve a girarse para dirigir la mirada hacia el punto que separa el éxito de la leyenda. Levanta el brazo derecho, se mueve, escupe en su mano derecha, la frota con la izquierda y se prepara para hacer historia.

Gervasio Deferr con su oro en Atenas 2004

Gervasio Deferr con su oro en Atenas 2004

Alza los brazos, los baja, corre. Salta, se apoya sobre el potro, gira sobre sí mismo y clava la caída mientras España grita de emoción empezando a pronosticar el desenlace. Él levanta el brazo derecho, cierra el puño y muestra esa sonrisa que los grandes trazan cuando saben que están a punto de firmar otra de sus gestas. Saluda a los miembros del equipo español hasta que le muestran la nota de su ejercicio. 9.737. Se contiene, pero no puede evitar que el mundo se dé cuenta de que se ha vuelto loco de alegría. Se ha puesto primero y solo Marian Dragulescu, quién si no, puede privarle de su segundo oro olímpico. Tras el primer salto de su rival, seguramente esté pensando que la plata será su acompañante en el viaje de regreso a España. El salto del rumano ha sido prácticamente perfecto. Pero, tras realizar el segundo, Dragulescu no puede clavar la salida y tiene muchas dificultades para evitar la caída.

Él pone cara seria, porque sabe que su rival no debe estar pasando por un momento sencillo. Aunque lo cierto es que comienza a ver el futuro más dorado que nunca. Abraza a su rival cuando se acerca a él y le anima. Los dos son conscientes de lo que va a ocurrir: Gervasio Deferr conquista su segundo oro olímpico.

La última obra de arte

Estaba dispuesto a que ese ciclo olímpico no fuera igual que el anterior. Al menos, no en temas tormentosos. Sí en cuanto a resultados. En 2007, en Stuttgart, Gervasio Deferr se proclama, como había hecho ocho años antes, subcampeón del mundo de suelo.

Le faltaba por cumplir uno de sus últimos sueños: una medalla olímpica en suelo. Su oportunidad pasaba por Pekín 2008, donde esperaba quitarse la espinita de la cuarta posición en Sídney en el año 2000.

 Gervasio Deferr con su plata en Pekín 2008

Gervasio Deferr con su plata en Pekín 2008

Se mete en la final y empieza a diseñar su asalto al podio. Sabe que, seguramente, será su última oportunidad. Su rostro serio, de concentración, antes de la final, invita a soñar.

Como siempre, alza los brazos antes de empezar a correr. Volteretas y piruetas se van sucediendo por el tapiz a una velocidad endiablada. Va clavando las salidas en todas sus diagonales. Realiza un total de tres antes de abrir sus piernas sobre el tapiz, apoyar los brazos, levantar su cuerpo y apoyar todo su peso sobre sus manos. Realiza otras dos series de piruetas antes de alzar los brazos, lanzar besos al público y ser consciente de que, probablemente, ya haya terminado su aventura olímpica.

Se abraza con los suyos y con sus rivales antes de conocer que, nuevamente, ha hecho historia: plata olímpica en suelo. Ha logrado esa medalla que tanto ansiaba. La de su prueba. La tercera medalla olímpica en total, junto a dos oros, de un palmarés sin igual en el deporte español.

Deferr sigue entrenando tras esos Juegos Olímpicos de Pekín, pero la ilusión para llegar a Londres 2012 quizá ya no sea la misma. Nota que su cuerpo ya no responde igual. Por eso, el 24 de enero de 2011, dice basta. «He dado todo lo que tenía durante 25 años. No voy a competir para perder. Si no he perdido nunca, no me puedo retirar perdiendo. Sería demasiado doloroso para mí», recogen los medios de comunicación en palabras del campeón español, consciente de la dificultad de llegar en condiciones a los Juegos Olímpicos de Londres.

Se retira así uno de los más grandes deportistas que ha dado nuestro país. La Gran Cruz de la Real Orden del Mérito Deportivo que recibe en ese 2011 pretende reconocer toda su trayectoria. Un hombre convertido en leyenda cuyo nombre figurará para siempre en la historia del deporte español.

Gervasio Deferr inscribió su nombre en la historia del deporte hace exactamente quince años. Fue en Sídney, un 25 de septiembre del año 2000. El día del comienzo del mito. El día en el que saltó para aterrizar como un ángel caído del cielo.

 Gervasio Deferr, anunciando su retirada

Gervasio Deferr, anunciando su retirada

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