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Recuerdos de Londres / y 2

20 Ago 2016 12:08

En el Hipias mayor, uno de los diálogos de Platón, los protagonistas, Hipias y Sócrates, discuten acerca de qué es la belleza. Hipias cree saberlo, pero Sócrates le rebate continuamente, porque el primero solo acierta a decir qué cosas son bellas, como una doncella, un instrumento musical, incluso un utensilio de cocina o un animal, pero no sabe definir qué es la belleza en esencia. Podemos concluir tras la lectura del diálogo que la belleza es una idea, en el sentido platónico del término, que manejamos con la aparente certeza de saber qué es, aunque en la práctica dudaremos en la proyección de esa idea difusa en un ente tangible. ¿Es bello ese paisaje que tenemos enfrente? ¿Y ese cuadro? ¿Es guapa una persona? ¿Corre bonito ese atleta? Cuántas veces habremos discrepado, y con razón. No tenemos la solución al problema, porque el problema es irresoluble. Se lleva más de 2.500 años intentando aclararlo.

Escuela de Atenas, de Rafael. Platón discute con Aristóteles

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VETERANOS YANKIS

Los atletas tienen nombres feos y nombres bonitos. No sé si sobre ello discutirían en la academia de Platón. Por mi espíritu ocioso yo me fijo en esos detalles, y algunos nombres me gustan mucho. El que más, en los viejos tiempos, era el del velocista nigeriano Olapade Adeniken. También me sonaban muy bien Frankie Fredericks y, cómo no, Rodion Gataullin. Ahora me resultan muy llamativos Caterine Ibargüen y Ashton Eaton. Pero mi preferido, sin duda, es Mebrahton Keflezighi. No solo tiene un bonito nombre, también corre muy bien el maratón. En Londres quedó 4º en una carrera que ganó el ugandés Stephen Kiprotich. Dicen que ser 4º da mucha rabia, se alude despectivamente a la medalla de chocolate, pero yo preferiría ser 4º que 5º. Keflezighi debe pensar como yo, parecía contento con su medalla de chocolate. La de Londres, de todas formas, no fue su mejor prestación. Se dio a conocer para el gran público en aquella mítica carrera de Atenas ‘04, cuando consiguió la plata tras Stefano Baldini y delante de Vanderlei de Lima, el brasileño que fue atacado por un chiflado cuando marchaba en cabeza.

Keflezighi festeja su entrada en la meta de Londres

Keflezighi festeja su entrada en la meta de Londres

A Mebrathon (Meb para los amigos) lo tenemos también en Río. Consiguió la clasificación en los trials de maratón de febrero, donde quedó segundo tras el desconcertante Galen Rupp. Iba a convertirse, con 41 años, en el atleta estadounidense más veterano en participara en unos juegos. Pero en los trials de verano consiguió la clasificación otro mítico, que es más viejo que nuestro Meb por unos meses. Se trata, nada más y nada menos, que de Bernard Lagat. Adelante Mebrathon, adelante Bernard: los míticos siempre son bienvenidos.

EL OTRO KOJI

Siguiendo con los nombres, Koji es uno que nos agrada mucho a los que crecimos en los ochenta, porque nos retrotrae a nuestra infancia. El piloto de Mazinger-Z se llamaba Koji Kabuto. De Japón, que no solo vive de gigantes mecánicos y maratonianos, llega nuestro siguiente protagonista: el lanzador de martillo Koji Morofushi, un auténtico ídolo en el país del círculo rojo. Es una eminencia deportiva y social, y tiene un club de fans con muchos seguidores y, sobre todo, seguidoras.

Morofushi lanza en Londres

Morofushi lanza en Londres

El martillista nipón ha sido uno de esos atletas, como recientemente la obstaculista Habiba Ghibri o el marchador Jared Tallent, que pasarán a los anales (si no hay nuevas sorpresas) como vencedores de los juegos olímpicos, pero que no pudieron recibir honores en el estadio porque los ganadores originales fueron cazados posteriormente. Eso le ocurrió a Morofushi en Atenas, ocho años antes. En Londres tampoco tuvo un mal día y consiguió la medalla de bronce, tras el húngaro Pars y el esloveno Kozmus. A Morofushi, que anunció su retirada de la competición el pasado mes de julio, no le va a faltar trabajo. Se dedicará, entre otras cosas, a la organización de los juegos de Tokio 2020 en calidad de director deportivo.

GANAR POR LA ABUELA

En Londres asistimos al renacimiento de un grande: Félix Sánchez. Nacido en Nueva York y residente en Los Ángeles, Sánchez compitió como dominicano por casualidad, porque no se clasificó en los trials estadounidenses de 1999 para el mundial de Sevilla y decidió entonces defender la bandera de sus padres, originarios de la República Dominicana. No lo hemos visto compitiendo en Río por poco: se retiró hace unos meses. Tras su triunfo olímpico en Atenas ’04 se le dio por perdido, sobre todo por su pobre prestación, cuatro años después, en Pekín. Pero Sánchez era mucho Súper, y en Londres volvió a hacerlo. Ocho años después, el mejor especialista de las vallas bajas venció en su prueba, imponiéndose a Tinsley y Culson, y no paró de llorar al recibir la medalla. Hubo un detalle que llamó la atención cuando concluyó su carrera: Supersánchez se arrodilló en el tartán y besó una fotografía que sacó de no sé dónde. En la foto aparecía él junto a una mujer mayor. No era su madre, como supimos después, sino su abuela. Había muerto sin ver a su nieto ganar esa segunda medalla, y el dominicano no pudo contener la emoción al recordar a la señora que tanto lo cuidó cuando era niño. Así lo contaba en el programa TV dominicano Al rojo vivo:

Un detalle bonito ese de acordarse de los que no están pero que contribuyeron tanto a la felicidad de otros, como la abuela Sánchez.

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Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.


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Zancadas para el recuerdo

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