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Zancadas para el recuerdo

Una atleta exultante

Una atleta exultante
La argelina Hassiba Boulmerka celebra con el puño en alto su victoria olímpica en Barcelona '92 | COI
20 Abr 2016 01:04

¿A quién se debería conceder el premio Príncipe (ahora Princesa) de Asturias del deporte? ¿Al mejor, simplemente? ¿O a quien asegure su presencia en la ceremonia? A mediados de los noventa provocó un profundo malestar entre las autoridades políticas y deportivas la negativa de un par de premiados a viajar a Oviedo a recibir su galardón. Los desagradecidos fueron dos grandes de la historia del deporte: la tenista Martina Navratilova, en 1994, y el atleta Carl Lewis, en 1996. Estarían muy ocupados con sus entrenamientos y sus cosas, suponemos, y no pudieron acudir a la ceremonia. El desplante de deportistas de tanto prestigio, evidentemente, empequeñece la dimensión internacional del galardón.

Navratilova, en sus buenos años

Navratilova, en sus buenos años

Entre una y otro, en 1995, el premio fue concedido a una atleta que sí estrechó en Oviedo la mano del entonces príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Fue Hassiba Boulmerka, mediofondista argelina con muy buena consideración mediática por sus valores deportivos y humanos. Su atuendo competitivo, con la cabeza descubierta y las piernas al aire, desafiaba los principios de los sectores religiosos más rigoristas de su país, y tuvo que trasladar su residencia a Francia para evitar problemas, especialmente en los entrenamientos. Sus circunstancias y su carácter guerrero la convirtieron en un símbolo de los derechos de la mujer. Actualmente sigue siendo una mujer comprometida y actúa como una de las promotoras más activas de la práctica deportiva femenina, especialmente en su país y en los de su entorno. Tras su retirada no mantuvo la forma física, como pueden comprobar en la fotografía, pero su gran herramienta de trabajo ya no fueron las piernas, sino la palabra.

Boulmerka, en una de sus conferencias

Boulmerka, en una de sus conferencias

El 8 de agosto de 1992 se presentó en la pista de Montjuic con un reto histórico: obtener la primera medalla de oro olímpica para su país. Era una de las favoritas en los 1.500 metros. Un año antes, en Tokio, había conseguido el cetro mundial imponiéndose a clásicas de la distancia como Tatiana Samolenko y Doina Melinte. En el mundial tokiota se vivió un hecho difícilmente repetible: dos oros en la misma prueba, el 1.500, se fueron para Argelia, tanto el femenino como el masculino. Efectivamente, en 1991 se produjo también el primer gran triunfo de Noureddine Morceli. Pero no nos detengamos en Tokio y avancemos hasta Barcelona, donde nuestra protagonista se enfrentaba a las unificadas Samolenko y Rogachova y a las chinas Qu Yunxia y Liu Li. En aquella final, además, se encontraban otras dos atletas muy interesantes: la española Zúñiga, que obtendría una magnífica sexta plaza, y la mozambiqueña Mutola, que en una prueba que no era la suya solo pudo ser novena. ¿Ganar la primera medalla de oro para Argelia? Posible, incluso probable. Lo que no podía ya era convertirse en la primera mujer magrebí en ganar un oro olímpico, pues lo había logrado la marroquí Nawal al-Moutawakel en los 400 vallas de Los Ángeles ’84.

Al-Moutawakel celebra su triunfo en Los Ángeles

Al-Moutawakel celebra su triunfo en Los Ángeles

El camino de Boulmerka hacia esa línea de salida había sido, quizá, más duro que el de la mayoría de sus competidoras, pero cuando suena el pistoletazo no importan las circunstancias de cada una, solo hay que correr más que las otras para vencer. Así lo hizo la argelina, que en una carrera limpia y rápida estuvo bien situada en todo momento para atizar el gran golpe en los 200 metros finales. Se escapó de sus contrincantes con aparente facilidad y venció con la mejor marca de su vida, 3:55.30.

Fíjense en su expresión tras cruzar la meta. Hay quien quiso ver en ella rabia, incluso resentimiento, por su lucha, por las dificultades referidas. Pero yo no lo entendí así. Lo que mostraba su rostro era, en aquel momento, alegría por la victoria. Ya llegaría el tiempo para la reivindicación, tras las ceremonias. Ahí, unos segundos después de imponerse, Boulmerka era como las demás, una atleta exultante por haber logrado el máximo galardón posible: el oro olímpico. El primero para Argelia, cuatro años antes de que lo consiguiera Morceli en Atlanta.
La argelina no tuvo mucho recorrido en la élite. Tras Barcelona ganó medalla en los mundiales de Stuttgart ’93 (bronce) y Goteborg ’95 (oro), pero ya no volvió a subir a ningún cajón importante hasta su retirada en 1998. Solo cinco años arriba, pero muy productivos. Nos alegra que existan mujeres como Boulmerka. Bravo por ellas, que necesitan hacer un doble esfuerzo para alcanzar sus objetivos: tienen que sudar sangre en los entrenamientos, como todos, pero además deben mantener una lucha constante contra ese tradicionalismo opresivo que aboca a muchas mujeres al abandono de la práctica deportiva.

¿Estética noventera? Boulmerka era un nítido exponente | PARROT PASCAL/CORBIS SYGMA

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Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.

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