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ATLETISMO

Una buena forma de morir

POR ÓSCAR MONTERREAL
23 Ago 2016 13:08

La prueba de 50 km marcha de los juegos de Río, celebrada el pasado 19 de agosto, fue una de las más cautivadoras que se recuerda. Nos mostró una hermosa lucha por las medallas, con algunos lances polémicos y una buena dosis de épica. El atletismo, a pesar de sus problemas endémicos (dopaje, corrupción…), es un deporte muy vivo, gracias sobre todo a carreras como esta, en la que los atletas fingen desconocer el significado de la palabra mesura.

La hora de los valientes

Cuatro atletas se lanzaron con decisión, en algún momento de la prueba, a por el oro. Tras Diniz, del que hablaremos más adelante, lo intentaron el canadiense Evan Dunfee y el campeón olímpico Jared Tallent. Cuando parecía que el australiano, destacado, revalidaría su título, remontó el eslovaco Matej Tóth, que alcanzó a Tallent y se lanzó en solitario hacia la meta. Fue una pugna vibrante en la que los valientes no se guardaron ni un gramo de energía. El oro fue para Tóth, la plata para Tallent y el cuarto puesto para Dunfee, adelantado finalmente por el japonés Hirooki Arai, que se llevó el bronce.

Tallent Y Tóth celebran su triunfo | Rio 2016

Tallent Y Tóth celebran su triunfo | Rio 2016

Hipoxia cerebral

El incidente entre el japonés y Dunfee podría ser criticable en otro contexto. Recordemos: a pocos kilómetros de la meta, en plena pugna por el tercer puesto, Arai propina un innecesario empujón a Dunfee, y este responde a lo futbolista, con un poco de teatro para que el árbitro pite penalti. Al acabar la prueba la delegación canadiense presentó una reclamación, en principio atendida, y Dunfee pasó a la tercera plaza tras la descalificación del japonés. Pero la subsiguiente protesta del país asiático también fue atendida y las cosas quedaron como estaban al principio. Decía que los dos atletas podrían ser criticados por su actitud marrullera. No lo haré yo. Tras cuarenta y pico kilómetros de caminata, expuestos al sol y la humedad de Rio, el oxígeno escaseaba en el cerebro de nuestros protagonistas, y actuar con sensatez es muy difícil en esas condiciones.

Contacto hubo | Captura

Contacto hubo | Captura

Bragado

Pasan los años y pocas cosas cambian. Los árbitros nos masacran a personales, nuestros pasivos llegan muy rápido, los rivales chupan rueda y se aprovechan de nuestro esfuerzo, los jueces van con las rusas, los contrarios se emplean con mucha dureza e intentan que entremos en su juego, nosotros peleamos con garra y no damos una bola por perdida (no como los otros holgazanes), el calendario de las competiciones nos perjudica, los horarios también… ¿España, víctima de una confabulación mundial? ¿Todos contra nuestros guerreros y leonas? Algo así transmiten los medios de comunicación patrios, una vez y la siguiente. Otro lugar común es elevar a la estratosfera algunas actuaciones con poquísimo vuelo y casi cada actuación hispana se describe como una epopeya. Pero en este caso estoy de acuerdo: lo de Bragado es una hazaña. Tiene 47 años, una edad a la que muchos señores no son capaces de llegar al segundo sin usar el ascensor. Ha competido en siete juegos olímpicos. Digo competido porque él compite, nunca le oí decir eso de que “estar aquí ya es un premio”. Casi siempre es el mejor español en su carrera. En Río fue el único de los tres que acabó la competición, en una dignísima 20ª posición. Llevamos viéndole marchar un cuarto de siglo y no nos cansamos. Es un atleta que ennoblece nuestro deporte.

Muy sucio

Otro marchador que contribuye a dignificar el atletismo es el francés Yohan Diniz. La suya fue una de las carreras más disparatadas de los últimos años, aunque al fin consiguió su objetivo: una buena actuación olímpica, algo que le era esquivo a pesar de contar con muchos otros logros, como el récord mundial de la especialidad. Una de sus paradas fue provocada por problemas intestinales, y la realización de la televisión ofreció los detalles de manera vergonzosa. Lo sucio no es lo que le ocurrió a Diniz, algo no tan extraño en disciplinas como esta o el maratón. Lo sucio fue retransmitirlo, lo sucio fueron algunos comentarios y la publicidad que le dieron los medios. Una norma no escrita contempla que esos asuntos hay que obviarlos, que los focos deben apuntar a otro sitio. Los deportistas tienen derecho a la privacidad en momentos tan delicados.

Diniz, al finalizar la carrera

Diniz, al finalizar la carrera

Dejadme morir como quiera

Diniz salió sin mirar atrás, anduvo escapado muchos kilómetros, se detuvo por los problemas fisiológicos referidos y fue rebasado por el grupo cabecero. Continuó en solitario, se deshidrató, cayó fulminado al suelo, se levantó y siguió marchando, volvió a caer, volvió a levantarse y dando tumbos consiguió mantener el octavo puesto hasta la meta. Heroico. De ahí al hospital, aunque tuvo suerte y recibió el alta horas después. Desde los comentarios en TV hasta los mensajes que llegaban por las redes, durante la competición y en las horas posteriores, predominó la opinión de que en esas condiciones hay que retirarse de la carrera. Diniz no lo hizo. ¿Puso en juego realmente su vida? Cualquiera sabe. Pero aunque así fuera, la decisión es válida. A todos nos gustaría elegir la forma de morir, y a Diniz parecía que esa le gustaba.

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Óscar Monterreal

Doctor en Historia del Arte, profesor universitario, diplomado en Magisterio (Educación Física) y escritor.

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